11 jun. 2009

Reflexiones sobre Damo Suzuki en Argentina

Mi (por ahora) última colaboración con la gente de Rocktails ha sido una especie de crítica sobre el reciente show de Damo Suzuki en el ND Ateneo. Por sus características particulares, lo que salió fue -en lugar de una semblanza sobre el recital- una serie de ideas sueltas relacionadas con el recital. Que las disfruten.



Reflexiones sobre Damo Suzuki en Argentina


El sábado estuve en el ND Ateneo, donde el genial Damo Suzuki -acompañado por una decena de músicos argentinos: los cuatro Pez, los tres ÜL (ex Reynols y organizadores de la velada), Hernán Espejo (alias Compañero Asma) y un par de los Honduras- hizo una nueva escala en su Never Ending World Tour en el que, como desde hace años, se dedica a sesiones de extensa creación única e instantánea. La imposibilidad de una crítica "formal" y el muy especial ámbito hicieron mella en mí, disparándome una serie de pensamientos que hoy comparto con ustedes.

Uno. Los que estuvimos en el Ateneo el sábado tuvimos una suerte única: presenciamos el acto más magnánimo del hombre -la creación espontánea- en todo su esplendor. Durante dos horas, Suzuki fue el capitán de un barco que generó rápidas instantáneas irrepetibles, etéreas y que se desvanecieron tan pronto como aparecieron, quedando sin embargo grabadas en el cerebro y la retina en una mezcla de ambrosía y estupor sin precedentes. La memoria no recoge momentos puntuales en el show y eso es bello: el recuerdo se construye a través de sentimientos, sensaciones tan únicas e irrepetibles como lo generado allí. Puedo rememorar lo que sentí cuando los muchachos llegaban a esos cénit de entendimiento mutuo que partían el aire del lugar con su certidumbre; casi paladeo el sabor de las lenguas de fuego despedidas en forma de letras igualmente improvisadas por Damo; pero no me pidan que les recuerde estructuras musicales. Este recuerdo no se construye así, este recital se sintió, no se escuchó: se experimentó con todo el cuerpo.

Dos. Esta experiencia única desató en el público una especie de feliz anarquía que imitaba el ir y venir de músicos en el escenario mediante gente bailando parada en los pasillos, personas acercándose al borde de la escena a abrazar a Suzuki, gente aplaudiendo de pie y a los gritos, un pullman donde ya no existía la convención del asiento. El contagio llegó más allá de la mera apreciación musical y creó un fenómeno de empatía: Damo nos transmitió la necesidad imperiosa de estar ahí con un motivo, divertirse, dejar los límites en el vidriado hall del Ateneo y dejarse llevar. El impacto de aquel convite donde todos hacían -arriba- lo que les venía en gana en consonancia y comunión con el otro hizo desplegar una de las mejores (y olvidadas) cualidades humanas: el saber que toda noche es única, que el momento de ser feliz es hoy. Damo nos hizo felices, nos mostró que las convenciones son cárceles y que uno puede ser libre si quiere, aunque sea por un rato nomás.

Tres. Si hay algo que quedó claro después de este sábado, es que a la música de verdad -esa que no se arma en laboratorios, no se crea en frías agencias de publicidad y no se gesta mecánicamente en asépticos estudios de grabación- no alcanza con saberla tocar: hay que saborearla. Saborear la música es tener ganas de ser un hombre nuevo cada vez que se sube a un escenario, es reinventarse sobre la marcha sin saber dónde se va, es disfrutar de una nota por vez, es no temerle a saltar sin red. La seguridad es una mentira, un corset donde se quedan los mediocres, y el señor Damo Suzuki lo sabe. Por eso detesta los estudios, por eso hace poesía cantada mientras los demás hacen música sin ninguna línea, sin ningún límite, sin vergüenzas ni prejuicios. La música que se creó allí nos hizo saborear el momento, vivir ese segundo sin entender ni querer entender, sólo sintiendo y disfrutando. Y eso, mis amigos, eso es indescriptible.

Por eso no puedo hacer una crítica. Por eso sólo me queda seguir pensando en cuánta suerte tuvimos todos los que estuvimos ahí.

[Publicado originalmente el 8 de junio de 2009 en Rocktails.]

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